El hábito no hace al monje

Escrito por: Elsa Serrano

Las personas aún sufren discriminación por sus tatuajes y piercings

El jueves pasado fui a visitar a mi abuela y le comenté que me había hecho un tatuaje nuevo. Su comentario fue el de siempre: “no entiendo estas modas nuevas de tatuaros y poneros cosas (piercings) en el cuerpo, así luego es más difícil encontrar trabajo”.

Como individuo perteneciente a la generación Z tengo normalizadas las alteraciones artísticas en los cuerpos, pero en otras muchas personas, es algo que sigue sin estar bien visto y en repetidas ocasiones causa rechazo.

Es raro, puesto que, a lo que llaman moda actualmente, lleva entre nosotros prácticamente desde el comienzo de las civilizaciones. El cuerpo humano fue uno de los primeros lienzos utilizados para la comunicación, primero fue la pintura sobre la cara, el torso, o las extremidades, hasta que descubrieron como hacer que aquellos dibujos fuesen permanentes.

Estas pinturas tienen diferentes significados, sobre todo ligados a la magia y la religión. Según qué tribus y partes del mundo. Por ejemplo, en la tribu Wai Wai, perteneciente a comunidades indígenas de América, decoraban su cuerpo de rojo porque creían que así se protegerían de los malos espíritus.

Dibujo de un tatuaje maorí de Nueva Zelanda en el Siglo XVIII

Pueblos originarios de África se tatuaban con un carácter más sexual como es el caso de Nueva Guinea. Las mujeres desde que eran niñas comenzaban a tatuarlas de forma gradual, cuando terminaban la “transformación” significaba que estaban preparadas para el emparejamiento y una vez se casaban, terminaban tatuándose una forma de uve entre los senos. En otros pueblos del mismo continente, los hombres se tatuaban signos que simbolizaban las heridas recibidas en la batalla o el número de enemigos con los que habían terminado, como si los tatuajes fuesen medallas de valor.

Por otra parte, los habitantes de diferentes pueblos antiguos de Nueva Zelanda utilizaban los tatuajes en el rostro y en el cuerpo como distinción a otros individuos de otras comunidades, quienes llevaban una decoración más simple y menos profusa.

En cuanto a la ornamentación, tampoco es algo reciente. En algunas tribus africanas tenían como costumbre sobrecargar a las mujeres con pendientes, collares y pulseras por todo el cuerpo, para dificultar su paso al andar, tradiciones que venían de la idea de sumisión hacia la mujer.

Hoy día, las formas de ornamentación poco tienen que ver con sus primeras manifestaciones, de hecho, lo que era tradición y cultura ahora se asocia con un arte clandestino que sigue causando rechazo y discriminación en algunas personas, por asociarlo a clases sociales bajas y marginales. Esto hace que cuando quieres hacerte un tatuaje pienses antes en que zona del cuerpo lo vas a querer o finalmente desistas de hacerte un piercing, porque algunas políticas internas de empresas te exijan que en el caso de llevar tatuajes no los tengas visibles, o directamente, estén prohibidos los piercings en la cara. Esta es una discriminación que está a la orden del día, como muchas otras relacionadas con la apariencia física.

Las alteraciones en el cuerpo son una clase de ornamentación, te definen como individuo y crean tu personalidad, al igual que tu corte de pelo, color de piel o forma de vestir entre otras.
Características que no influyen en la eficacia laboral de cada uno, ni tampoco en la cualificación para su puesto de trabajo.

Como recogió el humanista Juan de Mal Lara en la obra Filosofía vulgar (1568), “el hábito no hace al monje” refiriéndose a que una apariencia física a lo mejor poco o nada tiene que ver con la idea que te hagas de una persona.

Fuente: Squicciarino, N. (2012). El vestido habla. Cátedra.

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